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El Tao eternamente sin nombre
es el bloque intallado que,
aunque pequeño,
nada en el mundo puede sojuzgar.
Si los príncipes y los reyes
lo siguen
y pueden ponerlo en práctica,
los diez mil seres serán agasajados
como huéspedes de honor.
El Cielo y la Tierra mutuamente
se unen
para enviar el dulce rocío,
que sin el mandato del pueblo,
cae en forma imparcial.
Al instaurarse los sistemas
surgen los nombres.
Una vez que hay nombres
habrá que saber detenerse.
Una vez que se sabe cómo detenerse,
no existirá agotamiento.
El Tao en el mundo es comparable
al torrente de un valle que fluye
hacia el río y el mar.
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